martes, 25 de enero de 2011

Todos tenemos toda clase de emociones por más que no las demostremos o admitamos. Todos experimentamos la felicidad, el odio, la tristeza, los celos, la verguenza. Pero sin duda los más exagerados son esos que te daban de más chico, cuando los sentimientos eran demasiado grandes para tu cuerpo.
Tengo una imágen mía con mi mejor amiga de esos tiempos de 4 años de vida (Es uno de esos recuerdos que por algún motivo te ves a vos misma de frente y a la cara). Estábamos comiendo las dos una manzana verde. Me acuerdo de mi riéndome hasta ponerme roja como un tomate rubio y le decía "Este es el mejor día".
No me acuerdo de qué nos reíamos tanto, me acuerdo de la manzana y la frase. Y que estaba feliz. Tan feliz como se podía a los 4.
En otro episodio de mi vida, estoy en la escuela 71. Seis años, primer grado. Nos habían sentado en grupos de a cuatro para hacer una tarea y me había tocado con un nene que se llamaba Iván. Yo, que desde chiquita me gusta molestar a la gente y quedar inocente siempre, lo cargaba y le decía Ivana. Era medio boludo, pero a los seis años esas cosas duelen un poquito.
Lo cargué tanto que me dijo con toda la amenaza que fue posible "Le voy a decir a la seño" Y se levantó y fue hasta el escritorio de la señorita Julia. Y me iban a retar a mi, por primera vez en mi vida estudiantil. A mi, que desde los dos años que entré al jardín siempre fui perfecta, adorada por las señoritas y abanderada innumerables veces.
Entonces experimenté mi primer miedo a la autoridad y le pedí a Iván antes de que hablara con la maestra con las manos juntas y a punto de llorar "No le digas, por favor, no lo hago más". Y no le dijo (Soy siempre inocente, nadie puede probar nada).
Otro de los sentimientos que más odio es la verguenza. Odio acordarme de los hechos que me dieron verguenza de chiquita. Odio el recuerdo de cómo me sentí. Odio acordarme que quise ponerme a llorar y ese "No sé dónde meterme".
Y el sentimiento de las ganas de llorar... Qué feo.
La desesperación de saber que perdiste un juguete que a tu mamá le gustaba.
El orgullo que te impide llorar porque se te calló el helado, pero como sabés que es poco importante, aunque te duela en el alma te tragás las lágrimas.
Cuando acompañaste a tu mamá al kiosco y no te quiso comprar una golosina.
Si, los sentimientos por cosas chicas son los más grandes. Tal vez demasiado grandes para pequeños humanos como nosotros.

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